domingo, diciembre 16, 2012

Espectros.

En la oscuridad mas increíble la vi. Sentada sola. No había paredes ni suelo, no había aire. Ni siquiera aseguro que estuviera viva. Morocha, de ojos oscuros, grandes. Triste. Desnuda, frágil  sola. No estaba sola, se sentía sola, porque ahí también estaba yo.  La mirada perdida. La observé un ratito pero no esbozó ni en las mínimo movimiento. Pensaba mucho, eso si. Era como si pusiéramos pausa, una película de nunca acabar. Cuando me moví, se movió  me miró. Se tapaba el cuerpo con vergüenza  lo arrastraba como un carga. Dió dos pasos y frenó. Inmóvil  expectante  Me miraba con desconfianza, le daba miedo que me acercara. Tal vez no necesitaba alguien más ahí para juzgarla con su propia mirada le alcanzaba, pero yo no lo hacia. No las juzgaba, solo observaba. Me rompía la cabeza tratando de saber como mi yo interna podía estar así, sentirse así  Cualquiera que la observara sentiría frío en las venas. La mirada ajena había hecho esto? Tan bajo habíamos caído? Saber que ese cuerpo era el mio, que esa vergüenza  esas sensaciones, todo habitaba en mi subconsciente me aterraba. Un escalofrío con dolor me surgía al verla, una yo transformada en alguien miserable, que se había arrastrado hasta la situación mas triste imaginable: el odio propio. No quería ser eso, no quería tener eso en mi. "Pobrecita" pensé. Pero no era pobrecita. Era débil y se había dejado caer. Daba vergüenza verla, tan resentida con el mundo por algo que era mera culpa propia. Pero a la vez la entendía. Entendía le forma de ver el exterior, lo hacia porque en realidad era yo. Esa que veía era la opción que yo no quería elegir. Tenia miedo de amar, de ser feliz, de respirar. Le dolía el cuerpo, le dolia todo. Tenia mis miedos y mi dolor, pero se había dejado vencer. No podía ser eso, pero la dejé. Le permiti alojo en mi mente para recordarme a mi misma que no podía ser eso, agradecí no serlo. Yo no me sentía bien, hace tiempo que no lo hago, pero no había caído como ella, no planeaba hacerlo. En un impulso me acerqué a abrazarla, sentí como temblaba entre mis brazos. Un poco menos fría  la solté y le dedique una sonrisa, la más cálida que podía encontrar. Me di media vuelta y me fui, dejando atrás el espectro de lo que puedo ser, asegurándome de nunca dejarla salir.

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