miércoles, agosto 14, 2013

Hoy.

 Hoy estaba sentada en el colectivo. Leía "Veronika decide morir", a pesar de mi odio hacia Coelho, mientras escuchaba música bajito con los auriculares. Levantaba la vista muy pocas veces para mirar por la ventana y no perderme, no estoy tan acostumbrada a ir a Capital como para relajarme totalmente en el viaje. Saqué los ojos del libro una vez. Dos. Tres. A la cuarta vez, lo ví. Me miraba desde un asiento que estaba enfrentado al mio pero en el lado opuesto del vehículo  Sonrió cuando lo miré y yo sonreí también. Creo que habremos hecho eso unas 23 veces en el trayecto de dos horas que me lleva hasta Almagro. Me paré a tocar timbre y dos cuadras después me bajé, sintiendo su mirada en la nuca. Mientras caminaba vi como me miraba desde su ventana y me sonrojé una vez más. 
 Las dos cuadras que tengo que caminar rutinariamente desde la parada hasta el consultorio de la psicóloga cada miércoles fueron tan normales como siempre. El mundo seguía igual a pesar de las simples miradas cruzadas con el chico del colectivo. Los pájaros volaban en la misma dirección  los taxistas tocaban bocina con persistencia como pasa siempre en Avenida Corrientes y las ancianas agarradas del brazo cruzaban la calle con la misma lentitud con la que lo hacen a diario. El chico del colectivo se iba a bajar en su parada habitual y iba a seguir su día con normalidad, tal vez iba a ver a su novia o a sus amigos, su mundo seguiría rotando en el mismo sentido. Pero el mio no. 
 No voy a hablar de ningún tipo de enamoramiento instantáneo  no fue eso lo que viví hoy. En realidad, el cambio pasó adentro mio. Para ese chico cruzar miradas con una extraña debería ser algo normal, pero para mi no. Los chicos no me miraban en la calle hasta hace 2 o 3 semanas. Probablemente si me hubiera pasado algo así, habría pensado automáticamente que estaba mirando a alguien más. Hoy, ese chico que me miró más de una vez a mi, que me dedicó una sonrisa, me hizo sentir que alguien más me ve, que alguien más hasta me puede considerar linda. Gracias a él, cuando bajé del colectivo, vi mi reflejo en el vidrio de la puerta de un edificio y por primera vez en, que se yo, toda una vida, me gustó lo que vi. Hoy no me siento más invisible, hoy no me siento más chiquita y si esto va a durar solo un día me alcanza porque me da ganas de seguir luchando por quererme y porque no sea un milagro para mi autoestima un cruce de miradas en un colectivo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario